miércoles, 19 de septiembre de 2012

COMPARTIENDO

Un vecino de mi barrio. Un veterano. Ya cumplidos los 63 años. Aún va con su Scooter a todas partes. Recordando los viejos tiempos en que fue 5 veces campeón de España de 250 cc. Nos conocimos en una cafetería, los dos leyendo. Él una historia de los inicios de la ciencia en la Grecia clásica, yo una antología de Jorge Guillén. Entre dos "raritos" leyendo se establece una complicidad que acaba en diálogo. Él era una autoridad en Ciencias pese a haber estudiado Filología Hispánica. Igual que en mi caso, con una carrera de Matemáticas y experto en los "Episodios nacionales" de Pérez-Galdós y mucha narrativa y poesía en general. Dos carreras confundidas. Dos vocaciones erradas, cubiertas cuando el tiempo lo permitía.

Nos caímos bien inmediatamente. Siempre sabíamos que a eso de las 5 el otro estaría en la cafetería, y tras nuestros cafés salíamos a dar una larga caminata. No sólo era un experto en muchas areas de la ciencia, desde la física cuántica hasta la vida de las tortugas marinas. Había leído de todo. Para mí, era un placer escucharle, aprendía muchísimo. Un cinco veces campeón de españa de 1/4 litro tenía muchas historias que contar. Además había sido marino de la mercante, y conocía, si bien superficialmente, docenas de países. Con él aprendí de los libros y de la vida. Yo no creo haberle aportado mucho, salvo quizás mi entusiasmo juvenil (nos llevábamos 35 años) y mi afición al Rock clásico. Resultaba curioso ver a un señor de su edad con una camiseta de "Abbey Road" o "Dark Side of the moon".
Los Sábados por la tarde, a eso de las 9, quedábamos en la cafetería a tomarnos una par de whiskys. Aunque se rumoreaba, aún no había entrado en vigor la ley que prohibiría fumar en cualquier lugar público, y ambos eramos fumadores: él en pipa, yo de puritos. Un día le presté "Trafalgar", y se quedó prendado de Pérez-Galdós. Yo tenía casi completa la colección de los episodios, y periodicamente le prestaba alguno. Él me dejaba de divulgación científica, pero nunca llegué a entender la Teoría de la relatividad ni la Física cuántica.

Un día, el dueño, de unos 40 años, se metió de forma agria en una discusión sobre mujeres (era un machista recalcitrante) y Juan lo único que le dijó fue "Respeta las canas, joder!!!". Y se marchó. Nunca volvió a las cinco, nunca volvió los sábados a las nueve. No habíamos pisado la casa del otro, y como era un hecho cotidiano el encontrarnos a las 5, tampoco habíamos intercambiado teléfonos. De eso hace 3 años y sigo sintiendo su falta, nunca nos hemos cruzado por la calle. Yo sigo volviendo de vez en cuando, pero en balde. Una amistad rota por un gilipollas.

4 comentarios:

  1. Bonita y, a la vez, agridulce historia. ¿A quién no le ha ocurrido alguna vez algo semejante por no ser práctico y no pedirle en ese momento el número de teléfono? Y no me refiero a una chica que hayas conocido un sábado por la noche, sino a una persona que conoces en unas determinada circunstancias, con la que encuentras ciertas afinidades y a la que das por hecho que te la volverás a encontrar; y eso nunca llega a suceder.
    Un saludo.

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  2. Lo jodido es que está basado en un hecho que me ocurrió. Un abrazo.

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  3. Bonita y triste historia. Caray, pues el otro, sabiendo lo fijo de la hora en que se encontraban, podía haber pasado por allí algún día, sin necesidad alguna de entrar en el local, para no perder el contacto.

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  4. Sí,lo que pasa es que yo ya fuí sólo muuuuuuy esporádicamente después de de aquello. Además que no es una historia literal, es mecla de 3 y un poco de imaginación.
    Pero el final es real, sí.

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