miércoles, 25 de julio de 2012

EL VACIO

El inmenso vacío, impotente y angustioso, que se siente al no ser Dios. La capacidad de imaginar que contemplas el planeta desde fuera, el universo en su totalidad, de sentirte un Dios que abarca el Todo, y al mismo tiempo saber que no puedes comprenderlo, que ahí fuera hay muchas cosas que no puedes explicar.

Es una paradoja que el ser humano tenga la imaginación de crear en su mente cosas que, sin embargo, es incapaz de abarcar. Podemos hablar de distancias de miles de millones de años luz, y por desgracia no logramos realmente entender qué significan.

Somos Dios en nuestra imaginación, pero la escala de nuestro cuerpo es ínfima comparada con la de nuestra mente, y ese inmenso desequilibrio está en la base de nuestra angustia ante el mundo. Podemos concebir en el abstracto sociedades perfectas y universos en equilibrio, que las evidencias de la realidad ya se encargarán de desmantelarlas.

Tratamos de entender lo inmenso, tomamos fotos y hacemos prodigiosos esquemas del cosmos, y aún seguimos sin penetrar en los pequeños enigmas del micromundo que nos rodea, sin explicarnos las injusticias y desavenencias de cada día.

Modelamos una imagen universal y aún no tenemos un somero esquema de una sociedad humana justa y en equilibrio con su entorno.

No ser Dios no sólo implica la incapacidad de entender lo universal y lo microscópico. No ser Dios significa no poder aliviar el tremendo sufrimiento del planeta, desde un perro maltratado hasta millones de niños muriendo de hambre.

“El vacio de no ser Dios”, un buen pedante título para alguna película de un mal director que la crítica ha encumbrado. Imagino esa película y me doy cuenta del poder del cine-arte. Él nos transporta, mejor que la literatura, a universos paralelos, a finales sin final, a dioses de cada día.

Este vacío no tiene final, es enorme y desmedido, monstruoso. Nos acompañará siempre, como una segunda piel, más aún, yo diría que es nuestra propia epidermis quien carga tan pesado volumen.

Y, problemente, nunca tendrá solución, Dios seguirá jugando a los dados y riéndose, mientras aquí nos peleamos por una insignificante bandera. ¡¡Maldito Dios!!

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